sábado, 13 de septiembre de 2014

¿En qué parte del cerebro reside nuestro carácter?


Nueva Inglaterra, verano de 1848. Phineas P. Gage, de veinticinco años de edad, capataz de construcción a cargo de una cuadrilla del ferrocarril Rutland & Burlington, trabaja en la ampliación de la línea férrea a través de Vermont.
La tarea es dura, pues el terreno es accidentado y repleto de roca dura y estratificada, por lo que para abrirse paso lo más rápidamente posible, la estrategia es utilizar cargas explosivas para volar la roca. Se perfora un agujero en la roca, se rellena hasta la mitad con pólvora, se introduce una mecha, y se termina de cubrir con arena para que la explosión no tenga lugar hacia el exterior de la roca; esta arena se apisona posteriormente con una cuidadosa serie de golpes con una vara de hierro.
Gage supervisa todas las tareas y está perfectamente capacitado para encargarse de ellas. Mide un metro y sesenta y cinco centímetros de alto, es atlético y sus movimientos son veloces y precisos. Sus jefes dicen que es el hombre más eficiente y capaz a su servicio.
Son las cuatro y media y hacer calor. Gage ha colocado la pólvora y la mecha en una agujero de una roca y le ha dicho a un trabajador de su plantilla que lo cubra con arena. Alguien le llama desde atrás y Gage aparta la vista del barreno sólo un instante; distraído, empieza a golpear la pólvora con la vara antes de que su ayudante introduzca la arena. Casi inmediatamente, provoca chispas en la roca y la pólvora le estalla en la cara.
El hecho es totalmente inesperado y toda la plantilla queda inmóvil hasta que comprenden lo que ha ocurrido. El ruido de la explosión es diferente al habitual. La roca está intacta y la vara de hierro ha penetrado por la mejilla izquierda de Gage, ha perforado su cráneo, lo ha atravesado y ha salido a gran velocidad por la parte superior de su cabeza. La barra ha caído a más de treinta metros de distancia cubierta de sangre y sesos. Phineas Gage está en el suelo aturdido, silencioso pero despierto.
Los trabajadores lo llevaron al médico en una carreta de bueyes, de la que salió por si mismo, con algo de ayuda de sus hombres. El propio Gage le explicó al médico como había sido el accidente en el que una vara de un metro y cinco centímetros de longitud, dos centímetros y medio de diámetro y cinco kilos y medio de peso atravesó su cabeza. En menos de dos meses, Gage superó la herida causada y su posterior infección  sin la ayuda de antibióticos. Sin embargo, su personalidad no quedó intacta.
John Harlow, el médico que trató a Gage, cuenta que éste había perdido la visión en su ojo izquierdo, pero que veía perfectamente con el derecho. Podía ver, oír, sentir, caminar y hablar con normalidad, pero había perdido sus hábitos moderados y voluntariosos y se había vuelto irregular, irreverente, blasfemo, caprichoso y vacilante. Sus patrones lo despidieron poco después de que volviera a trabajar, aduciendo que Gage ya no era Gage.
Posteriormente Gage empezó a variar continuamente de trabajo, pues le despedían por falta de disciplina. Con la compañía inseparable de la barra de hierro, empezó a trabajar como atracción de circo. Se fue a vivir a Sudamérica y regresó en 1860. Murió en 1861 tras un ataque de convulsiones epilépticas.
El efecto neuropsicológico del accidente en Phineas Gage se denomina disociación, ya que las capacidades de atención, percepción, memoria, lenguaje e inteligencia quedaron intactas, mientras que su carácter quedó totalmente deteriorado.
Pero, ¿De que manera puede cambiar la personalidad la destrucción de una zona cerebral?
Nadie realizó la autopsia a Phineas Gage. John Harlow, el médico que lo había tratado tras el accidente no se enteró de su muerte hasta cinco años más tarde. Fue entonces cuando, tras comprender que había perdido la oportunidad de estudiar anatómicamente el cerebro de Gage, decidió pedir a su hermana que se exhumara el cadáver para recuperar el cráneo.
Se abrió el ataúd, se extrajo el cráneo y la vara de hierro, que había sido enterrada junto a Phineas. Desde entonces, cráneo y hierro han permanecido juntos en el museo médico Warren de la facultad de medicina de Harvard en Boston.








Antonio Damasio, prestigioso neuropsicólogo portugués, nos cuenta en su libro “El error de Descartes” como ciento veinte años más tarde su esposa, Hanna Damasio, utilizó una técnica denominada Brainvox para la manipulación mediante ordenador de datos brutos obtenidos a partir de rastreos de resonancia magnética de alta resolución del cerebro de Gage, obteniendo una imagen del cerebro muy similar a la que podría verse en la mesa de autopsias.
Con esta técnica pudo conocerse de forma más precisa las zonas del cerebro que quedaron dañadas con el accidente, y gracias a esto Hanna Damasio y sus colegas pudieron decir con cierto fundamento que fue la lesión selectiva en las cortezas prefrontales del cerebro de Phineas Gage lo que comprometió su capacidad de planificar para el futuro, de conducirse según las reglas sociales de la época que previamente había aprendido, y decidir sobre el plan de acción que posteriormente le sería más ventajoso.





























Hanna Damasio



Para terminar, mostrar una imagen de las pocas conocidas de Phineas Gage, que fue descubierta por una pareja de fotógrafos de Massachusetts que pensaba que el daguerrotipo que guardaron en casa durante 30 años era un antiguo ballenero con su arpón. En la imagen podemos observar a Gage, sin su ojo izquierdo, y con su inseparable vara de hierro.








martes, 9 de septiembre de 2014

DIA MUNDIAL DE LA PREVENCIÓN DEL SUICIDIO


Hoy día 10 de Septiembre es el Día Mundial de la Prevención del Suicidio. Tal día como hoy los medios de comunicación pueden ayudar a sensibilizar sobre la problemática del suicidio y sus formas de prevención.
 
 


 La OMS ha elaborado un informe en el que figuran estadísticas, factores de riesgo y posibles medidas a tomar para la prevención del suicidio.
Entre las estadísticas que refleja hay datos como el número de muertes por suicidio registradas a nivel mundial en el 2012 (804.000).
También destaca el hecho de que en los países ricos se suiciden tres veces más hombres que mujeres, siendo más baja esta diferencia en países de menor riqueza.
Las personas de 70 años o más ostentan las tasas más elevadas.
Por otra parte, entre los medios más comúnmente utilizados para llevarlo a cabo están la ingestión de plaguicidas, el ahorcamiento y el uso de armas de fuego. Es importante tener esto en cuenta pues una de las medidas de prevención es la restricción del acceso a esos medios (al menos en cuanto a plaguicidas y armas de fuego se refiere).

Entre los factores de riesgo asociados con el sistema de salud y con la sociedad en general figuran las dificultades para obtener acceso a la atención de salud y recibir la asistencia necesaria, la fácil disponibilidad de los medios utilizables para suicidarse, el sensacionalismo de los medios de difusión en lo concerniente a los suicidios, que aumenta el riesgo de imitación de actos suicidas, y la estigmatización de quienes buscan ayuda por comportamientos suicidas o por problemas de salud mental y de consumo de sustancias psicoactivas.

Entre los riesgos vinculados a la comunidad y las relaciones están las guerras y desastres, el estrés ocasionado por la aculturación (como entre pueblos indígenas o personas desplazadas), la discriminación, un sentido de aislamiento, el abuso, la violencia y las relaciones conflictivas.
Y entre los factores de riesgo a nivel individual cabe mencionar intentos de suicidio previos, trastornos mentales, consumo nocivo de alcohol, pérdidas financieras, dolores crónicos y antecedentes familiares de suicidio.


 
 
  

Se podría hablar mucho de cada factor de riesgo, pero me parece interesante detenerme por ejemplo en el de los intentos previos de suicidio. Es curioso, porque enlaza con uno de los mitos sobre el suicidio.
Existe la peligrosa creencia errónea de que alguien que haya intentado suicidarse varias veces sin éxito sólo trata de llamar la atención y por tanto no corre riesgo de morir en el intento.
Nada más lejos de la realidad. Las razones verdaderas que llevan a alguien a intentar acabar con su vida siempre son difíciles de establecer. Pero lo que está claro, y las estadísticas lo demuestran, es que haber intentado suicidarse previamente es un claro factor de riesgo.

Otro mito es aquel que sentencia que las personas que hablan de sus ideas de suicidio no lo llevarán a cabo. No es cierto. Es posible que estén reclamando ayuda, pero eso no significa que no la necesiten. Probablemente estén sufriendo ansiedad, depresión y/o desesperanza y puedan pensar que el suicidio es la única opción.
Es curioso un reportaje que aparecía ayer en un periódico local, sobre un señor hindú que pertenecía a una organización a nivel mundial que preconiza la psicología positiva en las charlas que imparten sus allegados en diferentes países. Había dado una charla en Canarias y en la entrevista decía con orgullo que en India no existe la depresión.
La gente de la India entonces debe suicidarse por otras causas, pues cuentan con una de las mayores tasas según el informe de la OMS.
Un mito más, relacionado con el anterior, es la creencia de que los suicidios ocurren de repente, sin signos de advertencia previos. Esos signos suelen existir, pero hay que interpretarlos.

Un mito diferente es el de que un suicida está predeterminado a morir. No es cierto, el suicidio puede prevenirse y evitarse. Muchas personas que han tenido ideas de suicidio  y otras que lo han intentado han tenido una vida larga y absolutamente normal tras este episodio.

El mito de que las personas que han intentado suicidarse sufren de un trastorno mental sólo es cierto si consideramos la desesperanza como un trastorno mental. Realmente el trastorno mental es uno de los factores de riesgo de suicidio, pero eso no justifica en absoluto este mito.

En cuanto al mito de que no debe hablarse de suicido, éste cae por su propio peso cuando consideramos lo estigmatizadas que pueden sentirse algunas personas en estos casos y lo bien que puede venirles hablar de él como base para considerar otras opciones.

  


Considero que la mejor medida que puede tomarse ante el riesgo de suicidio es la ayuda profesional. Los motivos reales del intento de suicido pueden ser varios, y en mi opinión podrían resumirse en dos motivos si excluimos los trastornos mentales severos y el consumo de sustancias tóxicas:
-Pérdida del sentido de la vida (desesperanza)
-Presión externa o interna (donde se englobarían desde crisis económicas, laborales, familiares hasta pensamientos obsesivos).
Utilizando una metáfora podríamos decir que en el momento de considerar el suicidio la persona está demasiado cerca del cuadro de su vida que observa.

Cuando estamos muy, muy cerca de una imagen, no vemos prácticamente nada, quizás un color. Es necesario separarnos gradualmente para percibir que existen otras cosas en nuestro entorno, que no todo es oscuro, que con una perspectiva más amplia hay otras cosas que toman importancia, e incluso puede ocurrir que en algunos cuadros hasta encajen las diferentes imágenes y cobre un sentido diferente.
Lo difícil es que la persona experimente que está muy cerca del cuadro y quiera y sepa separarse; por eso pienso que hace falta ayuda profesional.



  



Y a colación de esto último me gustaría finalizar mi post con un comentario sobre una ONG que tiene mucho que ver con la prevención del suicidio: El Teléfono de la Esperanza.
Es una organización internacional, aún desconocida para algunos, pero que realiza una labor altruista y encomiable de apoyo emocional a personas sin recursos; entre estas personas se encuentran en muchas ocasiones, personas que están considerando acabar con sus vidas. Precisamente debido a que la desesperanza es un factor de riesgo, El Teléfono tiene mucho que hacer por esas personas, y de hecho lo hace, con el fantástico equipo de personas formadas que, personalmente o por teléfono, apoya de forma desinteresada a quien demanda su ayuda.





 





viernes, 18 de julio de 2014

LA RESILIENCIA, ¿LA TIENES?



La resiliencia podría considerarse una virtud muy valiosa, pues se define como la capacidad de afrontar la adversidad saliendo fortalecido alcanzando un estado de excelencia profesional y personal.
Esa capacidad de resistencia puede salir a relucir en situaciones de fuerte y prolongado estrés, como por ejemplo el debido a la pérdida inesperada de un ser querido, al maltrato o abuso psíquico o físico, a prolongadas enfermedades temporales, al abandono afectivo, al fracaso, a las catástrofes naturales y a las pobrezas extremas





En mi opinión, la resiliencia podría considerarse lo contrario que la Indefensión aprendida, definida por Martin Seligman, autor de numerosos estudios y libros sobre la felicidad y el optimismo.

 


La indefensión aprendida o adquirida puede definirse como una condición psicológica en la que un sujeto aprende a creer que está indefenso, que no tiene ningún control sobre la situación en la que se encuentra y que cualquier cosa que haga es inútil. Como resultado, la persona permanece pasiva frente a una situación dolorosa o dañina, incluso cuando dispone de la posibilidad real de cambiar estas circunstancias.




Seligman realizó experimentos en los que exponía a dos perros, encerrados en grandes jaulas, a descargas eléctricas ocasionales.
Uno de los animales tenía la posibilidad de accionar una palanca con el hocico para detener esa descarga, mientras el otro animal no tenía medios para hacerlo.
El tiempo de la descarga era igual para ambos, ya que la recibían en el mismo momento, y cuando el primer perro cortaba la electricidad, el otro también dejaba de recibirla.

Por tanto, el efecto psicológico en ambos animales era muy distinto; mientras el primero mostraba un comportamiento y un ánimo normal, el otro permanecía quieto, lastimoso y asustado, con lo que la importancia de la sensación de control en el estado de ánimo parecía demostrada.
Lo que es más importante, incluso cuando la situación cambiaba para el segundo animal, y ya sí podía controlar las descargas, era incapaz de darse cuenta y seguía recibiendo descargas sin intentar nada para evitarlo.



Sin embargo, no todos los canes con los que Seligman experimentó se volvieron “indefensos”.
De los 150 animales en los experimentos realizados, una tercera parte no exhibieron dicho comportamiento, sino que encontraron la manera de salir de ese comportamiento a pesar de su experiencia previa.



Dicho de otra forma, un porcentaje de los perros exhibieron la capacidad de superar una situación de estrés y presión psicológica.
Se podría decir entonces que esos perros mostraron resiliencia, ¿no crees?



Según Seligman, la característica de esa tercera parte de los perros correspondiente en seres humanos tiene una correlación directa con el Optimismo.



Si una persona ha fallado en el pasado en algún objetivo, profesión o actividad puede llegar a la conclusión errónea de que no tendrá éxito en el futuro, exhibiendo algunas de las características descritas por Seligman como Indefensión Aprendida.


Los experimentos de Seligman están ligados directamente con la noción de control que tenemos sobre nuestras vidas, ayudando a contrarrestar los sentimientos de ansiedad e impotencia.
En la medida en que pensamos que las cosas están fuera de nuestro control, el sentido de responsabilidad y sobre todo de noción de influencia sobre nuestras vidas y el entorno disminuye.
Sin embargo, según este científico, las personas optimistas no reaccionan con sentimientos de indefensión frente a situaciones negativas sobre las que no tienen control.

Pero, ¿y si pudiéramos hacer que los perros que han aprendido la indefensión aprendieran Resiliencia? O mejor aún, ¿y si pudiéramos hacerlo con personas?



Es un trabajo psicológico que puede abordarse desde diferentes vertientes.
Algunos terapeutas piensan que hablando con las personas es posible convencerles de que pueden hacer algo.
Quizás eso funcione para algunas, pero no ocurre con todas, incluso tratar de convencer con palabras a alguien que está desanimado para que se anime puede todavía hundirlo más en el “pozo” en el que se encuentra.



Con muchas personas (y con los animales en general) funciona mejor sin embargo el “just do it”, es decir, provocando que hagan algo sin pensar en si pueden o no hacerlo para que comprueben por sí mismos que sí pueden.
Son dos enfoques diferentes, el primero trata de infundirle a alguien ganas de que haga algo, mientras el segundo intenta que alguien haga algo sin ganas sólo porque es bueno para él/ella.




El primero estaría más cercano a la Terapia Cognitivo-conductual, mientras que el segundo estaría más cerca de la Terapia de Aceptación y Compromiso. ¿Cuál crees que podría ser más útil?


Según dice Enrique Fernández-Abascal en su libro «Emociones positivas» las personas resilientes poseen las siguientes características:
•                Sentido de la autoestima fuerte y flexible
•                Independencia de pensamiento y de acción
•                Habilidad para dar y recibir en las relaciones con los demás
•                Alto grado de disciplina y de sentido de la responsabilidad
•                Reconocimiento y desarrollo de sus propias capacidades
•                Una mente abierta y receptiva a nuevas ideas
•                Una disposición para soñar
•                Gran variedad de intereses
•                Un refinado sentido del humor
•                La percepción de sus propios sentimientos y de los sentimientos de los demás
•                Capacidad para comunicar estos sentimientos y de manera adecuada
•                Una gran tolerancia al sufrimiento
•                Capacidad de concentración
•    Las experiencias personales son interpretadas con un sentido de esperanza
•                Capacidad de afrontamiento
•                Apoyo social
•                La existencia de un propósito significativo en la vida
•                La creencia de que uno puede influir en lo que sucede a su alrededor
•       La creencia de que uno puede aprender con sus experiencias, sean éstas positivas o negativas

Se podría hablar largo y tendido de cada una de estas características, sin embargo, para finalizar este post te expongo un test para que averigües cómo eres de resiliente.



Si te apetece saberlo, contesta cada frase con una puntuación entre el 0 y el 4, donde el 0 es nada de acuerdo, el 1 es raramente de acuerdo, el 2 es algo de acuerdo, el 3 es bastante de acuerdo y el 4 es totalmente de acuerdo.

 1.Soy capaz de adaptarme a los cambios.
2.Tengo personas en las que puedo confiar y con las que me siento seguro.
3.Algunas veces dejo que el destino o Dios me ayude.
4.Puedo resolver cualquier acontecimiento que se me presente.
5.Los éxitos pasados me ayudan a resolver nuevos retos con confianza.
6.Veo el lado divertido de las cosas.
7. Afrontar el estrés me fortalece.
8.Tiendo a recuperarme de las dificultades o de las enfermedades.
9.Pienso que las cosas ocurren por alguna razón.
10.Me esfuerzo al máximo en cada ocasión.
11.Puedo conseguir mis metas
12.Cuando parece que algo irremediablemente no tiene solución, no abandono
13.Sé donde acudir por ayuda
14.Bajo presión, me concentro y pienso claramente
15.Prefiero tomar la iniciativa cuando hay que resolver un problema
16.No me desanimo fácilmente por el fracaso
17.Pienso que soy una persona fuerte
18.Tomo decisiones difíciles o impopulares
19.Puedo manejar sentimientos desagradables
20.Sigo los presentimientos que tengo
21.Tengo muy claro por donde quiero ir en mi vida
22.Siento que controlo mi vida
23. Me gustan los desafíos
24.Trabajo para conseguir mis metas
25.Me siento orgullosos de mis logros


Una vez respondidos todos los ítems, se obtiene la puntuación en Resiliencia sumando los resultados de todos los ítems y obteniendo un valor entre 0 y 100

Además, según el estudio de Connor y Davidson (2002) se pueden derivar las siguientes subescalas:
Competencia personal y Tenacidad: 10, 11, 12, 16, 17, 23, 24 y 25.
Confianza en el propio instinto y fortalecimiento bajo estrés: 6, 7 14, 15, 18, 19 y 20
Aceptación positiva del cambio: 1, 2, 4, 5 y 8
Control: 13, 21 y 22
Influencias espirituales: 3 y 9

Para finalizar, según Yun y Zhang (2007) podrían derivarse las siguientes subescalas:
Tenacidad: 11, 12, 13, 14, 15, 16, 17, 18, 19, 20, 21, 22, 25
Fortaleza: 1, 5, 7, 8, 9, 10, 23 y 24.
Optimismo: 2, 3, 4 y 6

Entonces, ¿eres o no resiliente?