viernes, 28 de octubre de 2016

Contar pequeñas mentiras desensibiliza nuestros cerebros a las emociones negativas asociadas, lo cual podría animarnos a contar mentiras más grandes en un futuro, según revela una reciente investigación publicada en la revista Nature Neuroscience.
Este artículo constituye la primera evidencia empírica de que el hecho de contar mentiras de forma frecuente produce una escalada progresiva de mentiras y muestra la forma en que ocurre en nuestro cerebro.
El equipo de investigación escaneó los cerebros de los voluntarios participantes mientras realizaban tareas donde podían mentir para beneficio personal. Encontraron que la amígdala, una parte del cerebro asociada con la emoción, estaba más activa cuando los participantes mentían para el beneficio propio.
Sin embargo, la respuesta de la amígdala se reducía con cada mentira, mientras que la magnitud de las mentiras crecía escalarmente.
Según uno de los autores de la investigación, cuando mentimos buscando el beneficio propio, nuestra amígdala produce una emoción negativa que limita el grado en que estamos dispuestos a mentir; sin embargo, este mecanismo va perdiendo intensidad conforme más mentimos, y a medida que más decae, más grandes se vuelven nuestras mentiras.
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La respuesta de nuestra amígdala se reduce y nuestra nariz crece cada vez más…
El estudio se realizó sobre 80 participantes voluntarios que tomaron parte en una tarea de equipo en la que tenían que adivinar el número de monedas que habían en el interior de un recipiente y enviar su estimación mediante un ordenador al otro miembro del equipo que permanecía oculto.
Los experimentadores introdujeron varios escenarios: en alguno de ellos, la estimación más precisa beneficiaría tanto a quien tenía que adivinar, como a su compañero de equipo; en otros escenarios, la sobreestimación podía beneficiar al que adivinaba, a expensas de su compañero de equipo.
En este escenario, los participantes, para obtener más beneficios,  empezaban a exagerar la estimación sólo ligeramente, lo cual producía una repuesta intensa de su amígdala, pero sus exageraciones iban siendo cada vez mayores a medida que el experimento iba transcurriendo y la respuesta de la amígdala iba decayendo.
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Mientras más mentimos, más y mayores son nuestras mentiras
Los autores describen este proceso argumentando que es como si a medida que los actos deshonestos se repiten, nuestro cerebro va reaccionando cada vez menos a ellos, al igual que nuestra respuesta emocional (nos habituamos a ser deshonestos).
Esto está en concordancia con las opiniones de que la amígdala promueve una aversión a los actos que consideramos inadecuados o inmorales.
En este estudio sólo se analizó la falsedad, pero esta escalada podría producirse en otros comportamientos, como en la conducta violenta, lo cual podrías constituir interesantes líneas futuras de investigación.
Mientras escribía este post, no he podido dejar de recordar esta película…


Claro, que si decimos toda la verdad…


Y más o menos escalarmente crece la mentira en “Increíble pero falso”

viernes, 21 de octubre de 2016

Cómo nos equivocamos: el síndrome del impostor y el efecto Dunning-Kruger

Estos fenómenos son dos sesgos cognitivos contrarios.
El primero de ellos, también llamado fenómeno del impostor o síndrome de fraude, fue acuñado en 1978 por Pauline Clance y Suzanne Imes.
A pesar de las evidencias externas de su competencia, aquellos con el síndrome permanecen convencidos de que son un fraude y no merecen el éxito que han conseguido. Las pruebas de éxito son rechazadas como pura suerte, coincidencia o como el resultado de hacer pensar a otros que son más inteligentes y competentes de lo que ellos creen ser.
Sin embargo, el efecto Dunning-Kruger, acuñado por Justin Kruger y David Dunning en 1999, ocurre cuando los individuos con escasa habilidad o conocimientos sufren de un sentimiento de superioridad ilusorio, considerándose más inteligentes que otras personas más preparadas, midiendo incorrectamente su habilidad por encima de lo real.
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Cuántos filtros mentales interfieren en nuestra percepción

Curioso ¿verdad? ¿qué pueden tener en común estos fenómenos?
¿Qué tal una mente qué produce tanto pensamientos negativos como positivos pero igualmente inútiles?

También merece la pena recordar dos frases de dos personajes ilustres:
-Darwin dijo que “la ignorancia genera confianza más frecuentemente que el conocimiento”, mientras que
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Charles Darwin
-Mark Twain dijo que “todo lo que se necesita para tener éxito es ignorancia y confianza”.
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Mark Twain

Si combinásemos ambas frases podríamos decir que un ignorante tendrá autoconfianza (según Darwin) y por tanto, éxito (según Twain).

¡Pero cuántas personas buscan seguridad en sí mismos y autoconfianza!

Y digo yo, ¿no les bastaría con no tomar en serio sus pensamientos inútiles o perjudiciales?

¿Seríamos capaces sólo de atender a aquellos pensamientos que son útiles para lograr lo que queremos?
No tomar en serio ni los pensamientos positivos ni negativos, ni los verdaderos ni los erróneos…sólo los útiles para nuestros propósitos.
Y es que parece que la ignorancia mantiene desarmada a nuestra mente, la deja con pocos argumentos para juzgarnos y compararnos. Pero quizás el secreto de la autoconfianza no sea la ignorancia per se, sino ignorar aquellos pensamientos que no nos aportan nada, y mientras más sepamos, probablemente más tendremos que ignorar.
¿Y si no son nuestros pensamientos los que nos producen inseguridad y falta de confianza, sino nuestra reacción ante ellos, es decir, el hecho de creérnoslos y actuar en base a lo que nos dicen? ¿Y si dejamos de luchar con ellos o de tratar de cambiarlos y simplemente los aceptamos como los que son...? sólo palabras.

sábado, 15 de octubre de 2016

El Mindfulness y las emociones negativas


Según un reciente artículo publicado en la revista Frontiers in Human Neuroscience, la meditación mindfulness puede beneficiarnos mucho en la gestión de nuestras emociones.
Entre las muchas deficiciones del mindfulness se encuentra la proporcionada por la Universidad de Berkeley: "Mantener la conciencia momento a momento de nuestros pensamientos, sentimientos, sensaciones físicas y de nuestro entorno" y la de Harvard: "Sobre todo, la práctica del mindfulness implica aceptar lo que acceda a nuestra conciencia en cada momento".
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El mindfulnes ha ganado mucha popularidad en los últimos años. Enraizado en el Budismo, sus defensores afirman que puede mejorar el sistema inmune, mejorar la atención y memoria e incrementar la densidad de la materia gris cerebral.
Se afirma también que aumenta la compasión, que facilita las relaciones interpersonales y que ayuda a acabar con las adicciones y a gestionar exitosamente el estrés.
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Con la hipótesis de que el mindfulness ayuda a regular las emociones, el equipo de investigación quiso saber si alguien que habitualmente no es consciente de forma natural puede entrar en un estado de conciencia plena sólo con decidirlo o bien realizando un esfuerzo de concentración.
Se invitó a 68 mujeres de habla inglesa, que no habían practicado nunca antes meditación mindfulness a participar en el estudio.
Las participantes se dividieron en dos grupos, uno de ellos escuchó una grabación con una meditación guiada, mientras que el otro recibió una presentación de aprendizaje de un idioma nuevo.
Después de escuchar las grabaciones, a los dos grupos se les mostró imágenes perturbadoras (como un cadáver sangrando) mientras se registraba su actividad cerebral.
La meditación parece atenuar las emociones
Los resultados del experimento mostraron como la exposición a la sesión de meditación pareció ayudar al cerebro emocional de las participantes a recuperarse rápidamente tras ver las fotos, sugiriendo que la meditación atenuó las emociones negativas de los participantes que la escucharon.
El autor del estudio piensa que estos resultados muestran que la meditación puede mejorar la salud emocional y que cualquier persona puede  conseguir estos beneficios tras su práctica.
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¿Te apuntas?

sábado, 1 de octubre de 2016

Niñas y niños Robin Hood. Las desigualdades y el nacimiento de la justicia.

En un trabajo realizado entre investigadores de las Universidades de Francia y Suiza y publicado en la revista Developmental Psychology, se ha comprobado cómo cambian las reacciones de los niños hacia una figura dominante en función de su edad.
Se pidió a 173 niños que observaran a unas marionetas que interaccionaban entre ellas, de tal modo que, una de ellas, se imponía a la otra, de modo que los niños la reconocían como “la jefa”.


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Entonces se les dio a los niños un trozo grande de chocolate y uno pequeño, para ver cómo los repartían.
La mayoría de los que tenían entre 3 y 4 años le dieron el trozo grande de chocolate a la marioneta dominante. A partir de 5 años, la tendencia disminuía y cambiaba por completo a los 8 años de edad, grupo que principalmente premiaba a la marioneta “subordinada”.
Los autores del estudio hicieron un segundo experimento, que denominaron “el paradigma de Robin Hood”:


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A 132 de los niños participantes se les mostró una escena de tres marionetas que jugaban en un parque; una de ellas decía que era “la jefa”. Entonces se les entregó a la marioneta dominante y a una de las subordinadas tres monedas, mientras que la otra marioneta sólo recibió una.
El experimentador pidió a los participantes que le quitaran una moneda a una de las marionetas ricas y se la dieran a la más pobre; ocurrió lo mismo que en el primer experimento: los más pequeños protegieron los recursos de la marioneta dominante, mientras que los mayores protegieron los de la marioneta subordinada.
Los participantes de mayores edad solían dar una explicación a sus decisiones: “Le di el trozo más grande de chocolate porque tenía menos suerte” o “porque nunca puede elegir el juego”; sin embargo, los más jóvenes, no daban argumentos, ya que el nivel de abstracción requerido para ello es mayor.
El análisis de los resultados sugiere varias explicaciones del porqué de las ventajas hacia el personaje dominante y el cambio de tendencia que ocurre con la edad:
Los niños más jóvenes son más dependientes de la autoridad parental, además, aceptan mejor las relaciones de dominancia. Los más pequeños incluso quieren la aprobación de la figura dominante o evitar el conflicto con ella. No obstante, el deseo de los niños de compensar las asimetrías en la dominancia crece a medida que su experiencia social se hace más compleja; de hecho, mientras más mayores son y más compañeros de juegos tienen, más necesidad adquieren de comprender la noción de igualdad para desenvolverse dentro del grupo.
Este trabajo muestra cómo los niños empiezan a sensibilizarse hacia las desigualdades a la edad de 5 años, y cómo esta tendencia se vuelve muy marcada hacia la edad de 8.
Me pregunto si esta puede ser la edad adecuada para empezar con actuaciones más directamente encaminadas hacia la prevención del bullying.
Esto, de cualquier modo, no quiere decir que un infante despliegue su igualitarismo en todas las situaciones sociales. Los científicos tratan ahora de entender el papel del género y de la cultura en esta tendencia:
¿Será una marioneta masculina percibida como más dominante?

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¿Será la sensibilidad hacia las desigualdades más fuerte en países donde las jerarquías son más marcadas?


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